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¿Puede ser una manzana una arma revolucionaria?

           

Vamos a analizar cómo compra el consumidor y si esta compra es reflexiva o el consumidor sólo se deja influenciar por los precios de los lineales de los supermercados.

¿Puede ser una manzana una arma revolucionaria?

Una manzana o una uva o cualquier producto agrícola o industrial, ¿pueden convertirse en un arma revolucionaria para cambiar el actual sistema económico o, al menos, para virarlo hacia un modelo más humano, más social, que tenga en cuenta a las personas? Esta es la pregunta que me hice después de colaborar y asistir al II Curso Microviñas, una herramienta para el desarrollo rural organizado por la Universidad de Alicante y cuyas ponencias tuvieron lugar en en la Sede Universitaria de Cocentaina, en el Celler La Muntanya, en Ágora Alcoy y en el Instituto Andreu Sempere, también de Alcoy.

 

Para muchos de los conferenciantes de este curso la respuesta es sí. Lo es por ejemplo para David Bernardo López Lluch, profesor de Principios del Desarrollo Social de la Escuela Politécnica Superior de Orihuela-UMH quien aseguró que cuando los consumidores estamos ante un lineal de una gran superficie tan sólo nos fijamos en el precio mientras nos escandalizamos de lo injusta que es la sociedad en la que vivimos.

 

Ningún consumidor se pregunta cómo ha sido elaborado ese producto. Vuelvo al ejemplo de lamanzana. Cuando compramos manzana ¿nos preguntamos si se han utilizado plaguicidas prohibidos que ponen en peligro la tierra y nuestra propia salud? ¿Nos preguntamos si la manzana ha sido recogida por trabajadores con alta en la seguridad social y con una remuneración justa? Cuando adquirimos un producto cualquiera, por ejemplo una zapatilla, ¿quién y en qué condiciones la ha fabricado? ¿Ha contaminado los ríos? ¿Se ha utilizado mano de obra infantil? A nadie se le escapa que determinadas condiciones de producción permiten a algunas empresas abaratar los productos.

 

Desgraciadamente no. Nadie realiza una compra tan reflexiva, buscamos el precio. Si se hiciese esa reflexión y, si nuestro bolsillo lo permite, posiblemente variaríamos nuestras opciones porque estoy seguro que el consumidor premiaría a aquella empresa que retribuye bien a sus trabajadores, que respeta el medio ambiente, que distribuye su riqueza con el entorno, es decir, que procura el bien común y no tan sólo busca un beneficio económico.

 

Ahora bien. Todo esto ha de partir desde la calidad. La manzana ha de tener calidad, la zapatilla hade ser buena, durar en los pies. No le podemos decir al consumidor que gaste más dinero en pro de un beneficio común si el producto no es bueno y atiende a las necesidades de un determinado sector de la población. Tampoco hay que caer en los “micropatriotismos” y comprar los productos más cercanos si éstos no cumplen ciertos requisitos. Evidentemente el primer paso lo ha de dar el productor, asegurando la calidad de sus productos. El segundo, el consumidor.

 

Así que, copiando las palabras de David Bernardo López Lluch, el carro de la compra puede ser una extraordinaria arma de combate para intentar cambiar el modelo económico en pro de uno con menos desigualdades. El consumidor ha de comprar cualquier producto industrial o agrario como la uva o lamanzana no tan sólo mirando la etiqueta del precio, sino también si contribuye a generar bienestar.

Marc Grau. Periodista y socio de Fruta de La Sarga

Publicado el 17/9/2015 en Sobre nosotros

           

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